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martes, 1 de junio de 2021

La Foule Illuminé : Epifanía inspirada en una escultura de Raymond Mason

 


La tierra vacía, llena de estorbos, nunca fue tan amenazante como en la imagen de la masa; la masa siempre esta llena, esta tan llena que se ve negra, no es tanto una sustancia cuanto un ente que empieza como un demiurgo acéfalo y se descompondrá cuando menos se lo espere nadie en una gray goo ecofaga, en la masa individualizada. Hay algo de eléctrico en la masa también, como en las estereotípicas representaciones televisivas del monstruo de Frankenstein, algo reanimado por una fuerza tan brusca como un rayo, una animación que recuerda al febril vaivén de la canción “La foule” de Edith Piaf; no obstante, hay algo que separa a la multitud y la masa, son cosas bien distintas.

La Foule es el síntoma de una enfermedad aguda, la huella de un acto fallido de intensidad abrumadora, de rápida resolución. En la Foule la multitud esta desatada por el frenesí gozoso de la presunta llegada de un acontecimiento, un momento liminal que los libera y reúne, algo que encierra a los que participan de ella en la eternidad de un momento efímero que se prolonga a medida que se desea evitar que se marchite la promesa de un momento de durar para siempre. La Foule vive en la duración del arrebato.

¿Sería muy exagerado pensar que la primera mitad del siglo XX se vivió como una fiesta? A pesar de la gran guerra y la gran depresión, la relación de esta época histórica con la fiesta es indisoluble, un rastro de migas que lleva a casa, la primera mitad del siglo XX se sintió en casa en la fiesta, ninguna otra vivencia gano un matiz tan inimitable en este momento de la historia occidental. Un ejemplo: La Foule Illuminé de Raymond Mason.


Una luz exagerada ilumina y expone a los personajes en el frente de la escultura, los personajes en el fondo se ven sumidos en la sombra proyectada por los personajes iluminados, dan la espalda a los asombrados espectadores; están sumidos en otro tipo de frenesí, en la agresión, exaltación que, en su opacidad, sabe ofrecer la calma y la paciencia de la apatía. En cierto modo recuerda al tópico de la escala naturae, hay una diferencia crucial, la escalera de Mason no termina con el hombre como ser racional, tampoco con la perfección de los ángeles. 



Esta escalera se ve interrumpida por la discontinuidad de un suceso nunca antes visto; no se le dice a quién mira esta estatua cual es tal suceso, no se podría decir siquiera que los personajes en la escultura puedan dar una pista sobre el mismo; este suceso no develado podría  ser la llegada del fin de la historia o la presencia del übermensch nietzscheano en la plaza del mercado, podría ser la mayor revelación jamás vista, poco le importa a los ensombrecidos el nombre que le quieran poner.

Los personajes de Mason esperan el mañana sin ninguna gana de que el mañana en verdad llegue, en realidad, nada peor podría sucederles sino la llegada de aquel mañana que tanto deslumbra a los asombrados. Las figuras en los escalones más bajos de esta escultura no tienen ninguna duda encima de sus cabezas; absortos en sus dramas y tragedias habituales, dan espalda al acontecimiento. Han presenciado la llegada del mañana y saben que no es menos terrible ni menos cotidiano que el ayer.


La Foule no es el Volk del romanticismo alemán, mas no por eso llega a la pobreza de ánimo de las masas individualizadas de nuestro tiempo; forma parte de una heterocronía que derramará su ectoplasma espectral en las décadas que le siguen: evidencia de un camino de pisadas fantasmas que va desde la mansión en la que quedan atrapados los protagonistas del “Ángel exterminador” de Luis Buñuel hacia el punto de congelación del Hotel Overlook de “El resplandor”.

No es ninguna coincidencia que tanto la escultura como la película de Stanley Kubrick vieran la luz en la década de 1980. El espectro de la Foule persigue a las masas individualizadas en la irreversibilidad de la llegada del mañana, el mañana que llegó sin causar asombro, ni decepción, a pesar de toda la expectativa que se tenía de su catastrófica venida, la imposibilidad de sentir apatía como un gesto de resignación y la indefensión ante una nueva apatía que encuentra su origen en la imposibilidad de hacer algo tan sencillo como resignarse. Al menos en la Foule se compartía ese tiempo apático de la espera, nosotros estamos juntos en la masa individualizada, juntos sin tiempo, ni espacio para compartir.

domingo, 18 de abril de 2021

Conceptos abrasivos contra muros invisibles.- Puebla y el esfuerzo del concepto en la obra de arte.

 



Missi Alejandrina

El arte conceptual se ha caracterizado desde su nacimiento por tomar como punto de partida la apuesta por el nihilismo, lo que eso significa para la creación de obras de arte no es solamente la necesidad de tomar postura frente a la nada, sea esta una postura dramática, una postura irónica o una en la que ambos estados anímicos se fusionen, es también un ansia por la búsqueda de huellas que llevan hasta el origen de aquel vacío contra el que han apostado. En su punto más alto, el arte conceptual ha de enfrentarse con el terrible horizonte de un viaje a lugares que están un paso más a allá de la muerte de todo paradigma ontológico.

En el caso de la ciudad de Puebla es posible encontrarse con un arte conceptual que se le cierne a manera de epidermis, zona de contacto en la que se puede mirar las marcas impresas de las mutaciones generacionales sobre la psique social. Si el lirismo y el figurativismo dejan ver aquello que se resiste a cambiar y/o derrumbarse; en el arte conceptual es posible reconocer aquellas experiencias que necesariamente han tenido que transformarse con el desgaste del tiempo, lo irreversible. El arte conceptual exige mirar con inocencia las inocencias perdidas.

Con el propósito de obtener una lectura general de algunas interacciones entre el arte poblano y el pulso crítico de lo conceptual artístico, en esta ocasión comentaré la obra de los siguientes participantes del catálogo “Arte Actual en Puebla 2017-2020”: Rebeca Martell, Isabel Gaspar, Mónica Muñoz y Jorge Juan Moyano.

En las fotografías de Rebeca Martell hay un encuentro del espectador con la mirada expectante, con los dos lados de ella. Usualmente el sentimiento de expectación está asociado con el sentimiento de la maravilla, específicamente, la fascinación con la llegada de la novedad. Dicho esto, en las dos fotografías de Rebeca Martell, “Nightmares by the sea” y “Two seconds and a tear”, sobrevive uno de los matices vivenciales característicos de la década de los noventa: la disposición a enfrentar la expectación y el cambio no solo con la emoción de la absoluta ganancia sino también estar dispuesto a enfrentar frontalmente el desconcierto, la soledad y la vulnerabilidad.


 Las escenas reflejan el suspenso de la desterritorialización, metamorfosis de lugares físicos en escenas psicológicas. En ambas fotografías se representan diferentes momentos de esta transición. En “Nightmares by the Sea” la mirada se encuentra con el momento inmediatamente póstumo a la desterritorialización, el emerger de un nuevo rostro. Este nuevo rostro no es como el feto terminado al nacer, el rostro listo para la vida, si ese rostro genera desconcierto es precisamente por su incompletitud, su no identidad; aquel rostro que nace aún le queda pendientes los dolores de la formación, a pesar de haber pasado por el forcejeo entre membranas de textiles plegados del nacimiento.


En “Two seconds and a tear” el escenario es completamente otro, el espectador se encuentra en el corazón de la duración. Los muros de la habitación, cuya textura recuerda a velos traslucidos, contrastan con el sólido y aplastante peso del cielo. En este cuarto vacío, que va deformándose hasta volverse un interior fenoménico, los estados anímicos son representados por su sensación; se sabe que algo grave ha pasado, la titánica lluvia lumínica de gotas, que bien podría ser bombas, esta a la mitad de su caída, pero no es posible discernir si ha sido una pequeña desgracia convertida en desastre natural o si, en efecto, el cielo esta a punto de aplastar al testigo de esta escena. Ante estas situaciones el ojo se ve en la necesidad de asumir que no hay alternativa a esperar que pase la tormenta. Contemplación del nacimiento del momento significante, centro móvil de la identidad nómada.

   En un enfoque inclinado a lo cartográfico se encuentra la obra de Isabel Gaspar “#fb7f1d”. En este caso la artista usa el estilo glitch de una manera ajena al entendimiento común de este elemento de la informática: no lo ve como un error o resultado del deterioro de los archivos, hace alusión al aspecto metamórfico de la información en la ciencia de la informática. La imagen desde la perspectiva del código, fuera de la inmanencia  de su simplicidad óptica,  se muestra como una infinitud de caminos multidireccionales que van de ida y vuelta, superposición de múltiples capas que a su vez se descomponen en hilos tan delgados que resulta necesario fijarlos al soporte por medio de alfileres; sí, es cierto, hay múltiples caminos, hay casi infinitas maneras de recorrerlos, mas el secreto no esta en su formar parte de una forma ideal. La virtualidad en este caso haya su esencia en la recombinación, por eso la placa verde funciona como vuelta a la simplicidad de la imagen, claro, especificando que la unidad de la imagen es solo una forma de vivir la imagen.


A modo de conclusión he decidido abordar la obra “ Animots” de Jorge Juan Moyano. Esta obra hace una referencia explícita a un concepto homónimo que Jacques Derrida desarrolla en el texto póstumo “L’animal donc je suis” y, en cierta manera, es no solo un homenaje sino una traducción al lenguaje pictórico de los argumentos establecidos en la obra del filósofo francés. En “L’animal donc je suis” se hace una deconstrucción de la palabra “animal”, la principal crítica al uso de esta palabra es su poder de reducir a una sola cosa informe, un mote, la casi infinita diversidad de características y comportamientos presentes en el mundo animal.

 Juan Moyano traduce esto a través de tres elementos: la tachadura, el texto y la caricatura. Lo primero que sobresale son los animales apenas insinuados por sus perímetros, caricaturizados, pero resistiéndose a perder el poder apelativo de su mirada, elemento clave para desencadenar la acción del principio de la hospitalidad que nos convoca a anteponer al otro sobre nosotros mismos; deposición de las armas completamente necesaria para la apertura al otro y, aún más necesario, para comprender a los animales, el otro más radical de todos.

Además de esta presencia del animal metafórico que trata de resucitar sus rasgos vitales, es posible encontrar también la convivencia del texto y la tachadura. El texto apela a la razón como una de aquellas cosas propias del hombre: el texto ilegible, incompleto y borrado se pone al nivel de la huella de las veladuras verdes, amarillas y blancas que abarcan todo el cuadro; aquí la marca humana se ve atropellada y enterrada por la huella de los animales, los que no podemos ver, los que dejaron señal de su paso con puntos y trazos rojos. Aquellos a los que, nosotros los dueños de los nombres, activamente desaparecemos en nuestra persecución de los fines del hombre, el único animal avergonzado de su animalidad.

 

 

Figuraciones: desde lo cinematográfico hasta la abstracción épica. ( Breve comentario sobre la obra de tres artistas que he encontrado en Galería 16)

En este post me dedicaré a comentar tres obras que han llamado mi atención al asistir a la inauguración de Galería 16, he decidido limitarme...